Giacomo Leopardi – Canto nocturno de un pastor errante de Asia

by mariapizarroescabia

¿Qué haces, luna, en el cielo? Di, ¿qué haces,
oh silenciosa luna?
Sales de noche, andas
viendo desiertos, y después te escondes.
¿No estás aún fatigada 5
de recorrer las sempiternas sendas?
¿Aún no sientes hastío ni cansancio
de mirar estos valles?
Se parece a tu vida
la vida del pastor. 10
Sale al alba y conduce
por el campo el ganado, contemplando
rebaños, prados, fuentes;
luego, exhausto, descansa por la noche,
y no espera otra cosa. 15
Dime, luna, ¿qué espera
el pastor en su vida,
y tú en la tuya? Dime, ¿adónde tiende
este mi vagar breve
y tu curso inmortal? 20
Viejo canoso, enfermo,
harapiento, descalzo,
con carga pesadísima en los hombros
por montes y por valles,
por rocas, arenales y malezas, 25
al viento, en la tormenta, cuando abrasa
el aire, y cuando hiela,
corre, corre anhelante,
cruza charcos, torrentes,
cae, se levanta, y más y más se afana, 30
sin tregua ni sosiego,
herido, ensangrentado, hasta que llega
allí donde el camino
y donde tanto afán término encuentran:
inmenso, horrible abismo 35
donde al precipitarse todo olvida.
Así, virgínea luna,
es la vida mortal.
Nace al dolor el hombre
y es peligro de muerte el nacimiento. 40
Prueba tormento y pena
desde que abre los ojos, y sus padres
comienzan a enseñarle
a consolarse por haber nacido.
Luego, cuando creciendo 45
va, uno y otro sostiénenle, y por siempre
con actos y palabras
se afanan en cuidarle
y en consolarle de su humano estado:
que otro oficio más grato 50
no hay para un padre que cuidar sus hijos.
Mas, ¿por qué dar a luz,
por qué mantener vivo
a quien por esto hay que prestar consuelo?
Si infortunio es la vida, 55
¿por qué, pues, dura tanto?
Tal, intocada luna,
es el mortal estado.
Mas tú mortal no eres
y tal vez lo que digo no comprendas. 60
Tú, solitaria, eterna peregrina,
tan pensativa, acaso lo que es sepas
este vivir terreno,
este nuestro penar, esta agonía;
lo que es este morir, esta suprema 65
palidez del semblante,
y faltar de la tierra, y alejarse
de toda usual y amante compañía.
Ciertamente, comprendes
el porqué de las cosas, ves el fruto 70
del día y de la noche,
del callado, infinito andar del tiempo.
Sabes sin duda a qué dulces amores
ríe la primavera,
a qué ayuda el estío, y qué procura 75
con su hielo el invierno.
Mil cosas sabes tú, miles descubres,
que al sencillo pastor le están vedadas.
A veces, al mirarte
tan silenciosa en el desierto llano 80
que en su confín se une con el cielo,
o bien con mi rebaño
seguirme en mi camino; cuando miro
fulgurar en el cielo las estrellas,
pensativo me digo: 85
“¿Para qué tantas luces?
¿Qué hace el aire sin fin, esa profunda
serenidad? ¿Qué significa esta
inmensa soledad? ¿Qué soy yo mismo?”
Conmigo así razono; de ese espacio 90
soberbio e ilimitado,
y de esa familia innumerable,
después de tanto obrar, del movimiento
de las celestes y terrenas cosas,
girando sin reposo 95
para volver allá donde nacieron,
la utilidad, el fruto
adivinar no sé. Mas, ciertamente,
¡oh doncella inmortal!, tú sí lo sabes.
Yo sólo sé y comprendo 100
que en los eternos giros
y que en mi ser tan frágil
algún provecho o goce
otro hallará; mi vida es mal tan sólo.
Rebaño mío que feliz reposas, 105
ignorando, imagino, tu miseria,
¡cuánta envidia te tengo!
No sólo porque de ansias
casi libre te encuentras
y todo sufrimiento, todo daño, 110
todo extremo temor olvidas pronto,
sino porque jamás sientes el tedio.
A la sombra descansas en la yerba,
sosegado y alegre,
y gran parte del año 115
transcurres sin enojo en tal estado.
Yo a la sombra me siento sobre el césped
y el hastío me embarga
la mente, igual que un aguijón agudo,
y más lejano estoy ahora que nunca 120
de encontrar el sosiego.
Pero ya nada ansío
ni motivo de llanto hasta aquí tuve.
Por qué gozas y cuánto
decir no sé; mas sé que eres dichoso. 125
Yo poco goce siento,
mas no me quejo de esto solamente.
Si hablar supieses, yo preguntaría:
“Dime, ¿por qué yaciendo
ocioso y sin cuidado 130
todo animal descansa,
y a mí me asalta el tedio si reposo?”
Tal vez si alas tuviese
para ir hasta las nubes
y contar una a una las estrellas, 135
o como el trueno errar de cumbre en cumbre,
sería más feliz, dulce rebaño,
sería más feliz, cándida luna.
O tal vez desvaría
mi mente cuando piensa en otra suerte: 140
tal vez en toda forma
en todo estado, ya en cubil o cuna,
es funesto a quien nace el nacimiento.

Leopardi, G. (1829) Canto nocturno de un pastor errante de Asia