William Congdon. Él artista en busca de su origen

by mariapizarroescabia

Discurso hecho en la Universidad del Idaho, octubre de 1964, donde, recorriendo su historia personal, desvelaba la profundidad del arte y de su tarea

  «En cada uno de nosotros, en toda la humanidad, existe un afán natural, radical,  inextinguible por descubrir que se está unidos a la propia raíz en el sentido original de las cosas. La base de todas las actividades del hombre, con todas sus expresiones está esencialmente en función de esta búsqueda (…). Cada hombre ha nacido en esta tensión religiosa de ser unido a su origen (…).
El arte es expresión de este afán por el que el hombre, quizás más profundamente, penetra y revela este simple sentido o fondo de las cosas, origen del ser. Cualquiera sea la situación en la que se encuentra el artista, el verdadero artista sólo puede tratar de descubrir su destino, su mismo origen (…).
Y la obra que nace de tal búsqueda religiosa es la obra de arte religiosa. (…) No por el sujeto o por el objetivo, sino religiosa en su ser. (…) El arte es expresión sensible de un auténtico acto de vida, acto tan auténtico que engendra vida (…).
En la medida que la experiencia del artista es auténtica y libera su expresión sensible pescará al fondo de las cosas y del ser (…).
También el artista de nuestros tiempos en su esfuerzo de autenticidad, incluso esté quizás en la confusión reinante de hoy, hace arte religioso. Van Gogh está claramente entre los acontecimientos más clamorosos del arte como arte indudablemente religiosa, tan libre cuanto auténtico fue el acto de vida que engendró cada una de sus obras.

El mundo

No sería quizás exagerado decir que la característica dominante de nuestra sociedad es la disociación: ajenidad de una persona respecto a la otra – la soledad interior del hombre que disociado de los demás es extraño a si mismo. (…) Porque la verdadera realidad del ser humano, la sola realidad duradera no está en su ser aislado, separado o en contraste con los demás, sino en su ser en comunión, una comunión con todos los demás, a los cuales estamos unidos a través de la palabra y del gesto y de la misma existencia. Y es ésta nuestra verdadera realidad. Si la dimensión comunitaria es nuestra intrínseca realidad, la comunidad está ya dentro de nosotros – al menos como semilla que espera un terreno en que madurar.
La sociedad moderna no se identifica con la comunidad. Ella viene entendida hoy como coincidencia de angustia donde el ser humano (…) es como desintegrado. Nunca el hombre se ha encontrado tan solo, artificialmente y peligrosamente sustentado por la ilusión de la superficialidad, de las cosas que pasan, de las relaciones humanas que no duran. Y nunca el arte se ha revelado tan angustiosamente y al el mismo tiempo tan auténticamente búsqueda del hombre, del artista, hacia su origen. (…)
Separado de su verdadera realidad, el artista pinta con una visión fracturada de verdades parciales que simplemente reflejan y proyectan su propio aislamiento; una visión coja, que para justificarse se convierte en absoluta y para el artista se convierte en un fin, al punto que se impone como verdad sobre el mundo, pero que no es ni aceptada ni rechazada como tal, porque nadie, tampoco el mismo artista, realmente cree más en la verdad (…).

Yo en el mundo

¿Cuál es el estado, cuál es mi puesto en la disociación contemporánea? (…) ¿Más bien, la verdadera explicación de mi malestar no es el haberme encontrado en aquella separación entre fe y cultura que desde la Reforma, en la creciente secularización de la vida, ha relegado arte y artistas en un sitio marginal de la sociedad, sociedad cuya fe principal reside en las cosas materiales? Fue solamente durante la última guerra, en mi servicio de ambulancia en Italia y en Alemania que, mientras los sufrientes necesitaban de mi ayuda, por la primera vez – ya con treinta años – me encontré a mi mismo en los otros, llegué a ser consciente de mi origen de amor en los otros y experimenté una libertad hasta entonces desconocida y la alegría de la realidad (…).
Si es cierto que la experiencia de la guerra me había revelado mi ser en el amor de los otros y si es cierto que instrumento de mi itinerario tenía que ser la pintura, era inevitable que en la libertad hallada empezara a pintar en 1948.
Ya no pintaba como me habían enseñado, no reproducía los objetos en un arte de ilusión, sino pintaba directamente la imagen del objeto que surgía dentro de mí, como la emoción misma que me empujaba a expresarlo – en su tiempo – no en el mío.
Esto se podría llamar mi primera conversión, en 1948.

Fue en este periodo que me encontré un día a trazar un disco de luz – ¿sol? ¿luna? – sobre la oscura red de miedo de mi Ciudad Negra. Este disco de luz mientras no molestaba la unidad de la obra era muy, aparentemente si no esencialmente, separado de la imagen, que al instante reconocí como una señal de consuelo, de esperanza – ¿una llamada? ¿una promesa? Un “símbolo de salvación” me acuerdo, lo llamé. Este disco de luz (…) se tenía que repetir en innumerables formas por diez peregrinantes años de mi vida, me tenía que seguir, guiar – ¿era mi Estrella de Belén? La primera propuesta de mi Disco de Oro fue un paso decisivo. Volver a Italia.

Fui a Venecia. (…) Pasaba muchas horas dentro de San Marco y salía con una nueva y profunda sensación de paz. ¡Cuando las grandes campanas tocaban a lo largo de los canales y de los techos de Venecia, quería correr hacia su alegre y solemne llamada que tanto llenaba de vida la plaza que parecía reponerse de imágenes delante de mis ojos, como si caminara en una imagen antes de – y casi sin tampoco – deberla pintar! (…).

Pero una fuerza interior me empujó un día a Asís. En el descubrimiento, en el Disco de Oro, que la imagen pictórica debía ser el medio y no el objetivo de mi búsqueda, y en mi sustitución, en mi pintura, del Disco de Oro con la Basílica de San Marco, podía parecerme inevitable que un día me habría encontrado en Asís. De Giotto a Cimabue, en la Basílica de San Francisco gravité hacia el crucifijo bizantino que habló al Santo. En el convento de San Damián empecé a leer “I fioretti di San Francesco” (Las florecillas de san Francisco) – libro del que no me habría separado nunca en los ocho años que precedieron mi conversión. Un extranjero me sacó de mi soledad y de mi inquietud y me condujo a la Pro Civitate Christiana donde, si bien desconocido por sus miembros, me saludaron con tal cordialidad que nunca podré olvidar.
El padre Giovanni Rossi me preguntó con sencillez si estaba pensando convertirme al catolicismo. Mi poco convincente “no” fue una confesión.
También fue uno de los momentos decisivos de mi vida.
“Volveré”, dije cuando me fui. Quería esconder a mí mismo que estaba huyendo de la verdad que me había llamado, cuya señal y símbolo había surgido en mis cuadros y me condujo a Asís. No pensaba que esta traición de mí mismo, de mi más profundo deseo y necesidad, pudieran implicar una traición de mi pintura, la pintura que había revelado – y el Disco de Oro había confirmado – el afán por mi origen y hasta sugerido la identidad de este origen (…).

La fuga

Para que sea soportable y para justificar el estado innatural de disociación, instintivamente, se busca refugio en aquella falsa seguridad de hacer de nosotros mismos la medida de las cosas.
Desde el momento que no quise aceptar la liberación, que en realidad iba buscando y no sabía que me la habían ofrecido, quise simularla, desahogarla en mis cuadros. Me sentí liberado y salvado por mi pintura, como el náufrago es salvado por el flotador, y en cierto sentido yo vivía de cuadro en cuadro, cada uno hecho con rapidez e intensidad cada vez más grandes. Empecé a entrever en cada obra una dilación, una prórroga a una posible sentencia de muerte que sentía incumbir sobre mí. Me refugié siempre en la inspiración espontánea, en la sensibilidad que agarraba la imagen como de los vientos de nuestro mundo, tan rápidamente mudable (…).
Mi romanticismo exigía sensaciones cada vez más nuevas y extravagantes. Como asaltado por un ímpetu cósmico para abrazar toda la tierra en una imagen monumental, viajaba rápidamente y constantemente, buscando en los símbolos redentores de los otros los sustitutos de mi salvación.
Cuando ya no nos bastamos a nosotros mismos intentamos vivir como parásitos de las cosas que encontramos. En la medida en que habría engañado aquel origen mío al que en ese momento era definitivamente llamado, mi pintura – que me habían dado como instrumento para encontrar este origen y ahora a servicio de mi egoísmo – empezó a perder en autenticidad, en realidad (…).
Si estaba libre en mi viajar, estaba cada vez más atado a los falsos subrogados propuestos por mí y no por mi origen (…).
Llegado a esta perversión de símbolos le escribí a un amigo confesándole el miedo que mi fuga de la vida corroyera hasta el centro creativo de mí mismo.
Lentamente todos los símbolos a los que me había atado como imaginaria respuesta a la invitación de mi Disco de Oro se apagaron agotándose en mí porque no podían darme la vida. (…)

La conversión

Volví a mi estudio en Italia. En mi espíritu no había imagen. No tenía ni la voluntad ni la desesperación para pintar.
La pintura, que fue para mí la primera revelación, llevaba la semilla de mi segunda revelación, la conversión. La luna o el Disco De Oro que había surgido sobre mi Ciudad Negra del año 1949 se había convertido en la Iglesia. Me tiré en ella.
Volví a Asís. (…) Me convertí a la Iglesia católica el 29 de agosto de 1959.
¿Cómo había ocurrido? ¿Qué había ocurrido realmente? ¿Qué había derrumbado mi resistencia? La estructura de mi personalidad, las ideas, los entusiasmos, los gustos, las costumbres en que vivía, todo se había caído, y me encontré sin los apoyos sobre los que había conocido el mundo y por los que el mundo me había conocido.
Más bien ocurrió por una continuidad, toda una vida de encuentros, de hechos, de acontecimientos (…).
Me quedé desnudo como un trapo que tenía solamente piedras, pasos de mi realidad, los que saliendo de mi subconciencia y de la memoria y libres de ulteriores resistencias, se impusieron sobre mí como instrumento de la Providencia Divina (…).
Éstas las voces que se impusieron sobre mí, que me siguieron como ángeles de la guarda. Éstas las voces que ahora decidieron por mí, donde yo ya no sabía decidir por mí (…).
Si el Disco era incorporado en mi imagen, incluso era incorporado en mí como semilla. Si la naturaleza de esta semilla todavía me era desconocida, su presencia confirmó que la semilla estaba allí. Este Disco de Oro fue una profecía de mi destino. (…)
Ahora empezaba a ver mis precedentes ocho años de fuga como aquella distancia que un pescador concede a un pez para que se agote.
Acontecimientos y encuentros sirvieron para precipitar el inevitable momento de mi verdad.
¿La vida ahora habría sido diferente? (…) Sentía que habría sido muy diferente porque no había sido yo, con largo pensamiento y preparación él que eligió convertirse. Era mi realidad lentamente acumulada con los años que desbordó y ya incapaz de sustentar o contener la falsificación que se había impuesto sobre mi irrealidad. En el instante del sacramento del Bautismo me arrancaron de mi vieja vida e integraron en el principio de otra. Sentía una confusión como si apenas podía caminar o hasta hablar coherentemente. Sentía una gran alegría sin saber el por qué, desviado y sin embargo sustentado por algún universal poder y Presencia.
Les escribí a mis padres: “Por la primera vez en mi vida ya no estoy solo. No tengo edad, ni pecado. No tengo miedo del tiempo. No tengo que informar a ningún hombre, ni ganar nada sobre la tierra. No tengo otro deber que crecer en el amor de Dios, conocer a Dios en mi pintura o en todo caso cómo Él me quiere a mí, morir en Él y vivir para siempre”. Dios viviente en mí. ¡Qué pensamiento! Todavía no podía entender bien Su quererme infinitamente en un constante, continuo perdonar mis miserias, mis defensas, perdonando amablemente para que en cualquier instante siempre pudiera recomenzar seguro en Su amor (…).

Uno ama entonces no sólo según la inclinación o el sentimiento, sino a cada uno y a todos con el mismo amor de Cristo que se sacrifica por la alegría y el bien de los otros. Ningún ideal humano puede volver posible este amor: es el amor de Dios operante en nosotros. (…) Ahora a través de los que ya vivían en Cristo empecé a tomar conciencia del Cristianismo.
El Cristianismo es un nuevo principio. Un nuevo punto de partida. Es un viraje. Un nuevo inicio. Lo que los griegos llaman metànoia. El Cristianismo no es una filosofía. El Cristianismo no es una doctrina. (…) Es una Persona. Esta persona es Cristo. (…)
El Cristianismo es una hipótesis de vida, una promesa que hay que verificar en nuestra vida viviéndola cotidianamente. Una persona que se vuelve comparación para nosotros, cuando seguimos a Él minuto por minuto continuamente.
Ahora encontraba a los que habían aceptado ejecutar, obedecer y confirmar la presencia de Cristo. Ser cristiano no quiere decir seguir las propias inclinaciones; significa seguir a Él.
¿Y mi pintura? ¿Podía olvidar mi función de pintor? ¿Había entendido realmente mi función de pintor? ¿La función de mi pintura? (…).
Se había insinuado de nuevo en mí la lucha entre el quedarse y el volver a partir, entre mi posición anterior y la actual que hay que verificar en el cotidiano seguir a Cristo (…).
Empecé a entender las palabras de Claudel: “La sola cosa que importa es la cuestión religiosa; yo soy mucho menos un artista que un cristiano, el cual se sirve del arte para la obra que Dios le ha confiado”. Descubrí que pintar no era el objetivo de mi vida sino el lugar que mi origen me había asignado en la comunidad cristiana. (…)
Los nuevos cuadros que tan abundantemente habían nacido después de mi conversión en los años ’60 y ’61 no fueron en todo caso completamente libres del peligro que a menudo asedia al artista convertido.
Como escribe Jacques Maritain: “Él será tentado de confundir el sujeto religioso del que es atraído ahora con su misma experiencia, que es el único verdadero sujeto de una obra de arte.”
En mi pintura de estos dos años pintaba el sujeto antes que mi experiencia hubiera madurado en ello como imagen pictórica. Si mi expresión era auténtica, la experiencia que la engendraba no lo era. Todavía estaba muy lejos del vivir aquella dimensión comunitaria que es la realidad cristiana y que sola puede engendrar la más verdadera de las artes: aquella sagrada.

El arte sagrado

El arte sagrado es la expresión sensible de un acto de vida en la dimensión de la comunidad auténtica. Si para el arte religioso la medida es la autenticidad, para el arte sagrado lo es la existencia o menos de la comunidad. (…)
La dimensión de Comunidad de nuestro origen es por lo tanto dimensión en que nos ponemos conscientes de nuestro último destino. (…)
El acontecimiento del arte sagrado vuelve el artista no sólo copartícipe de una búsqueda natural y común de alguna redención, sino también de la verdadera intervención de aquella precisa Redención prometida por Dios al género humano (…).
La vida no tendría ningún sentido si nosotros no creyéramos en alguna forma de otra vida en la que nuestros pecados son perdonados y nuestros dolores son transformados en una alegría sin fin (…).
Ningún artista individual que vive su dimensión particular individualista en una sociedad disociada, como la de hoy, podría concebir construir la catedral de Chartres.
Su coralidad unitaria derrota la dimensión individualista.
Delante de la locura de la potencia creadora de Dios con que esta sublime obra se eleva como una ciudad de Dios al cielo de donde ha bajado, ya no se pueden nutrir el propio aislamiento privado, los sentimientos exclusivos por cuanto geniales.
Nada define, nada desafía nuestra social irrealidad de hoy como Chartres.
Quizás ahora podemos empezar a sentir cuánto sea profundo el abismo entre el arte individualista de hoy y el comunitario de la Edad Media.
Construir hoy ya una catedral como Chartres no sería posible.
Quizás también podemos empezar a sentir cuánto se limita y se contradice una cultura divorciada de la fe. Fe en algunas verdades transcendentes que es la única razón que permite que una cultura exista, y que le da el ámbito para quedarse (…).
El problema de hoy para el artista no es hacer arte sagrado y nunca lo ha sido.
Hacer arte sagrado es un contrasentido.
En efecto el artista que quiere necesariamente hacer arte sagrado en un ámbito individual le impone un destino al pueblo y automáticamente cierra la puerta al sagrado. La tarea del artista sigue siendo el pintar, y al mismo tiempo vivir concretamente la experiencia de comunidad. (…)
La creación del arte es un misterio. (…) Cuanto más un verdadero artista vive plenamente su verdadero ser humano, más grande será su arte. Y eso ocurre cuando deja transformar su instinto egoísta en su verdadero ser una persona integrada en la Comunidad.
La dimensión comunitaria no consiste ni en la presencia de la estructura física de la Comunidad, ni en el hecho que Cristo se ha manifestado. La Comunidad siempre ha existido en el hombre como su origen más o menos conocido, a veces implícito a veces explícito. Cristo es la Comunidad en su sentido más lleno.

Perspectiva

¿Cómo reconducir al artista – y con él todos los hombres – a su origen en el centro de la Comunidad de los otros, si la auténtica comunidad de hoy no existe? ¿Cómo despertar y confirmar en granítica fe la instintiva urgencia que todo el mundo tiene de ser reunidos en Dios creador? ¿Cómo ayudar al artista a descubrir y creer en su verdadero ser? (…).
¿Erigir estructuras de comunidad para ofrecerles a los artistas – y a todos los que sienten la exigencia de ello – una experiencia de auténtica comunidad cristiana, para despertarlos en la raíz de su ser…?

La realidad de una nueva comunión

¡Comunión de vida pero, no de arte! En efecto el artista que se siente llamado a esta renovación de si para luego participar en una renovación del arte debe necesariamente dejar a un lado su pintura. Y la renuncia de si, de la pintura poseída desde ahora como expresión propia, tiene que ser total (…).
Ser cristiano se identifica en este deber. Cuanto más el artista ahora convertido a la Comunidad de Cristo vive totalmente la dimensión de Comunidad, tanto más le devolverán aquella pintura a la que ha renunciado. Y le será centuplicada la pintura (…).
Y tampoco tendrá que ser el artista a reconocer cuánto es más grande su nueva pintura porque Dios, habiendo pintado en él, ya se habrá tomado posesión de él.
Luego y solamente luego, el arte volviendo a cantar el ser será instrumento de profundización del misterio de Dios, etapa de aquella Reconciliación y Redención por la que, como dice San Pablo, “toda la naturaleza gime”».

Por concesión de “The William G. Congdon Foundation” – http://www.congdonfoundation.com

Fuente: CONGDON L’artista in cerca della sua origine